VII Conferencia Iberoamericana sobre Familias

MŽxico, D:F:, 26 al 28 de noviembre 2007

 

 

 

 

Ponencia T’tulo: La crisis de la ÒtransparenciaÓ Žtnica en Argentina: el reconocimiento de la interetnicidad con los  pueblos originarios

 

 

 

 

 

Irene Mercedes Aguirre* (Argentina)

 

 

 

 

 

 

 

 

*- Directora de Carreras de Posgrado FAEN/ Universidad  Nacional de Formosa

- Directora del  Instituto de Investigaciones Hist—ricas de la Secretar’a de Cultura, Educci—n y Promoci—n de las Artes,  Municipalidad de Avellaneda, Provincia  de Buenos Aires

- Investigadora CEINLADI, FCE/Universidad de Buenos Aires

- Vicepresidente del ComitŽ de Extensi—n de la Asociaci—n Nacional de Mesas  Redondas Panamericanas (registrada en OEA)

- Asesora del Departamento TŽcnico de la C‡mara de Comercio, Industria y Producci—n de la Repœblica Argentina, çrea Turismo(asociaci—n registrada en Naciones Unidas)

 

 

 

 

INTRODUCCION

 

Este trabajo  forma parte de un proyecto de investigaci—n  social  en Argentina sobre  el tema de la identidad nacional, desde la perspectiva del reconocimiento de la  interetnicidad  con los pueblos originarios. Si bien el imaginario colectivo de nuestro pa’s tiene incorporada la idea  de las diferentes etnias y sus culturas que, a travŽs del tiempo,  fueron aportando sus cargas genŽticas y culturales, por lo general se remarca que Òlos argentinos descendemos de los barcosÓ lo cual es una verdad a medias,  pues parece desconocerse  o dejar de lado, los mœltiples entrecruzamientos de mestizaje desde Žpocas muy tempranas de nuestra  historia.

Cabe preguntarse al respecto  ÀPor quŽ motivo se  enfatiza el aporte europeo, se minimiza el de los pueblos originarios  y se ÒpenumbrizaÓ el de los africanos? À Por quŽ no se toma conciencia del mestizaje con pueblos originarios  en Argentina, como un componente esencial  de nuestra identidad colectiva? ÀCu‡les son los motivos que han llevado al doble discurso en relaci—n con la composici—n Žtnico cultural  de la poblaci—n, destacando por un lado, que el suelo argentino est‡ abierto a todos los hombres de buena voluntad que quieran habitarlo y por el otro, existen conductas discriminatorias y despectivas con los mestizajes del propio pa’s, cuando se vinculan con pueblos originarios, africanos  o sus descendientes interŽtnicos?

La hip—tesis de trabajo supone un trasfondo discriminatorio que permea amplios ‡mbitos de nuestra sociedad, y que dificulta la implementaci—n positiva de pol’ticas de Estado  inclusivas  de la interetnicidad con los pueblos originarios e incluso africanos, y la dificultad  para fortalecer la cohesi—n social sin tomar en cuenta esa situaci—n.

La metodolog’a que se sigue es primordialmente cualitativa, sin desde–ar datos cuantitativos que puedan aportar informaci—n  de relevancia. Se ha  realizado la bœsqueda bibliogr‡fica  tanto en el ‡mbito nacional como  en relaci—n con otros pa’ses de LatinoamŽrica.

 Adem‡s, se ha recurrido a materiales en Internet relacionados con el tema, as’ como el complemento de art’culos period’sticos  e informaciones generales  sobre el pa’s en enciclopedias de la Web, fuentes coloniales,  comentarios de viajeros,  y entrevistas de actualidad con respecto al tema identitario considerado.

 

1 .EL DISCURSO EXPLICITO SOBRE LOS COMPONENTES ETNICOS DE LA CULTURA ARGENTINA

 

Las categor’as Žtnicas y culturales no se reducen a denominarlas como propias de ÒblancosÓ, ÒindiosÓ o ÒnegrosÓ, puesto que la realidad actual nos enfrenta mayoritariamente con los Òproductos interŽtnicosÓ  del mestizaje  producido entre ellos a lo largo de la historia argentina y  de la din‡mica propia que han tenido en nuestro territorio.

En lo relativo a la presencia africana, ella  respondi— a la necesidad de mano de obra en AmŽrica, para la explotaci—n econ—mica de los recursos  que requer’a el mercado colonial.  Fueron capturados, para tal fin, grupos humanos pertenecientes a diversas  etnias  con sus culturas propias, con dialectos y matices culturales diferentes y, en muchos casos, en oposici—n entre grupos distintos, dentro de los territorios dominados por la colonizaci—n.

Las desconfianzas mutuas fueron alimentadas por los propios traficantes de esclavos y por las autoridades coloniales locales para  controlarlos mejor. Ello obstaculiz— la conformaci—n de una  conciencia de clases y propendi— a la  instauraci—n de Ògrupos excluyentesÓ entre los africanos. Los ÒCabildos de naci—nÓ fueron la institucionalizaci—n, dentro de las ‡reas urbanas, de la segmentaci—n  basada en sus diferencias tribales, como ocurriera en Cuba, por ejemplo. Esos Cabildos permitieron, pese a todo, el mantenimiento de ciertas tradiciones  como el idioma, que adopt— un car‡cter ritual.

La situaci—n de los pueblos originarios present— otros matices. No fueron arrancados, en principio,  de sus territorios tradicionales, sino que cayeron bajo la dominaci—n colonial. En otro trabajo hemos analizado la importancia que tuvo para los guaran’es la posibilidad del mantenimiento de su idioma ancestral, ya que fue un poderoso factor de cohesi—n entre ellos[1].

Una cosa es cierta. Los procesos de mestizaje en AmŽrica colonial tuvieron matices claramente distintivos segœn las regiones  y los grupos humanos en ellas existentes. La Repœblica Argentina, en tal sentido, present— peculiaridades acentuadas.

Antes de abordar este tema, se–alaremos algunos aspectos comunes en las regiones colonizadas del continente. Las imposiciones socioecon—micas de los dominadores fue una de ellas. Otra  condici—n a la que atendieron los grupos colonizados fue la necesidad de supervivencia, la adaptaci—n a las imposiciones del poder colonial, en diverso grado de aceptaci—n o rebeld’a, y la opresi—n social que ti–— las relaciones entre los dominadores y los sometidos, a  lo largo del per’odo colonial.

De Juan enfatiza que esta situaci—n persisti— aœn despuŽs de lograda la independencia, y los pueblos originarios, los esclavos africanos y los distintos ÒproductosÓ interŽtnicos de los mestizajes, siguieron ubicados en el  escal—n m‡s bajo de la consideraci—n social[2].

 

2. LAS CONVENCIONES Y LA COHESIîN SOCIAL

 

Hablar de demograf’a en Argentina  es hablar de inmigraci—n y del impacto que ella ha tenido sobre nuestra conformaci—n Žtnico-cultural. Al respecto  se se–ala: ÒEntre 1830 y 1950,  el pa’s recibi— alrededor de 6.5 millones de inmigrantes europeosÓ. Esta situaci—n nos coloca como tercer pa’s receptor del continente, detr‡s de Estados Unidos y Canad‡.

Pero, como en otros aspectos de la existencia humana, no existe aqu’ tampoco tabula rasa y en cambio, se abren interrogantes inquietantes  acerca de discriminaciones tal vez enclavadas profundamente en nuestra mentalidad individual y colectiva,  que nos conducen a negar o disimular algunos componentes b‡sicos  de nuestra identidad nacional.

ÀQuŽ relaci—n podemos establecer  entre una identidad nacional reduccionista y discriminatoria y  las dificultades para consensuar un proyecto colectivo inclusivo  e integrador?

ÀBasta con recurrir a la teor’a econ—mica? Por s’ sola, ella no puede brindar respuestas adecuadas a esta situaci—n,  ya que se conforma a partir de un tiempo l—gico  mientras que la vida de las sociedades  lo hace en un tiempo hist—rico, socialmente producido y cargado de irreversibilidades.

Se trata de acrecentar la cohesi—n social, que aœn  es dŽbil, y prueba de ello es la expresi—n, comœnmente repetida por numerosos argentinos,  que no dicenÓ nuestro pa’sÓ sino Òeste pa’sÓ, como una forma de no asumir la responsabilidad de la construcci—n colectiva que  el mismo requiere.

Lepetit nos habla del tiempo hist—rico de las sociedades, que est‡ compuesto por Òlas innovaciones tŽcnicas, por la din‡mica de las organizaciones, por  la formaci—n de las normasÓ. Ahora bien, ese tiempo hist—rico tiene una caracter’stica  propia: est‡ Òsocialmente producido y marcado por las irreversibilidadesÓ. El autor se–ala que esta concepci—n va en contra del Òparadigma dominante de la teor’a econ—mica, que supone  la existencia de un equilibrio en el seno de un mercado concurrencial  puro y perfecto y que postula la reversibilidad del tiempoÓ[3].

Aœn m‡s, cuando se trata de Žpocas de inestabilidad,  bastan peque–as fluctuaciones para  descolocar el sistema  lejos de su estado inicial, Òhacia un nuevo estado de estabilidad provisoria  que abre  a su alrededor la posibilidad de nuevas bifurcacionesÓ.

 ÒUna crisis de las viejas convenciones organiza, segœn nuevas modalidades, los lazos sociales en las esferas econ—mica y pol’tica que ella tiende a separarÓ. En un sentido m‡s general, las proposiciones de la econom’a de las convenciones ( o la sociolog’a de las ciudadesÉ) se esfuerzan por aportar una respuesta  a la cuesti—n de saber quŽ es lo que hace  que la sociedad  tenga unidadÓ[4].

Los distintos ‡mbitos de la sociedad se encuentran  contenidos por la existencia de las convenciones  que delimitan de antemano el campo de lo posible en esa sociedad. Asimismo, ese marco asegura la diversidad de opiniones y de comportamientos, y permite, adem‡s, su coordinaci—n.

Ahora bien, esas convenciones son el producto de la interacci—n social y se le presentan a los actores bajo una forma objetiva.  Esto ocurre porque Òpor un lado, ellas no son solamente Òrepresentaciones colectivasÓ; toman forma en las cosas y dan apoyo a acciones que aseguran la objetivaci—n.

ÀQuŽ ocurre cuando esas convenciones son puestas en duda o rechazadas? Segœn Lepetit, dejan de ser convenciones y ya no pueden realizar su labor de contenci—n.

Las convenciones Òson mœltiples porque la sociedad es compleja, y sus integrantes son llamados a Òactuar en muchos mundosÓ.  El modelo de sociolog’a de la acci—n propuesto por Luc Boltanski y Laurent ThŽvenot muestra tambiŽn la presencia, en las sociedades occidentales, de distintos comportamientos,  y permite su legitimaci—n, obliga a la justificaci—n y al compromiso que aseguran la prosecuci—n del juego social.

En cada situaci—n Òes el sentido del tempo el que est‡ en juego. Cada principio de legitimaci—n comprende una dimensi—n temporal. En ese sentido, Òlos dispositivos industriales  sustentan la posibilidad de una proyecci—n  hacia el porvenir y un desplazamiento espacial, los dispositivos domŽsticos  permiten establecer lazos con el pasado y un arraigamiento local de los recursos espec’ficosÓ  [5].

Los actores juzgan del presente y tratan de asegurarse en Žl su posici—n, a travŽs de estos modelos temporales. Ellos recurren a situaciones pasadas, organizadas  segœn la profundidad cronol—gica que juzguen  pertinente, en  relaciones significantes.  El tiempo de la sociolog’a de las ciudades es pues, lo contrario de una duraci—n; es en el instante de la puesta a prueba en  que se efectœa la evocaci—n legitimante de los esquemas temporales y de las historias  que convienen.

De esta forma, el interminable relato interpretativo de los actores sociales  tiene la funci—n de realizarse, en secuencias tan breves como sea posible. Pero la descomposici—n del movimiento prueba su  inmovilidad.

La convenci—n no pertenece solamente al universo de la representaci—n, sino que  sustenta Òlas reglas que dan una forma jur’dica o administrativa a las relaciones sociales, informa las categor’as que permiten leer y estructurar la experiencia  de los actores, se apoya sobre objetos que constituyen el marco  o el medio de la acci—nÓ[6].

As’, los objetos, las instituciones, las reglas, son elaboradas en un contexto particular, pero duran m‡s tiempo que  el contexto que les ha dado nacimiento. Por su intermedio, Òle mort saisit le vifÓ .

Ellos no imponen solamente a las costumbres la fuerza del h‡bito,  sino que su reemplazo supone un costo (econ—mico, social, simb—lico) ,  ya que  la sociedad manifiesta una extraordinaria resistencia al cambioÓ.                                                                                                         

De este modo  ÒEn la evoluci—n social, pues, los objetos áÒaportan su inmovilidad y su invariabilidad [É]. Ellos transportan en el tiempo, dando testimonio, el  comœn acuerdo  originalÓ.

Lepetit destaca un aspecto significativo para el trema que estamos desarrollando, puesto que explica que tanto la econom’a de las convenciones como la sociolog’a de las ciudades se organizan segœn dos temporalidades diferentes. Normas o recursos,  los principios legitimantes se alzan desde un pasado que se prolonga; constituidos por acumulaci—n (de objetos, de instituciones, de conductas), ellos se perpetœan si no se los define como volviendo del pasado.

Nosotros, los actores sociales, sin memoria,  llamamos, en un presente continuo, reproduciendo normas o  legitimando posiciones, una herencia ante la cual permanecemos  ciegos.

Colocados entre la inmediatez de los ajustes y la monoton’a  de los principios de legitimaci—n,  el sistema debe ser puesto a prueba en contacto con situaciones de crisis y de reelaboraci—n de las convenciones.

Dice luego Lepetit ÒEs en la transformaci—n del valor del presente  que se encuentra el origen del cambio de situaci—n  del pasadoÓ[7].

Halbwachs[8], a su vez,  establece relaciones complejas entre  los grupos sociales y los territorios  que ocupan; cuando un grupo toma posesi—n de un espacio, lo transforma  a su imagen. ÒEl espacio ratifica tambiŽn relaciones sociales. Y en un presente perfecto la sociedad es en todas sus dimensiones, inmediata a ella misma. ÒLa materialidad y la durabilidad de los objetos que el grupo ha creado lo constri–e  en su alrededor;  Òse encierra en el marco que ha construidoÓ. La sociedad adhiere de nuevoÉa los objetos que ha edificado y entre los cuales su funcionamiento tiene lugar,  pero segœn otra temporalidad; el tiempo que pasa no hace que se acreciente el peso de un pasado recomenzado. El desarrollo moderno, dice Holbwachs, viene a romper  la proximidad perfecta entre las relaciones sociales  y la organizaci—n material del espacio  que no subsistir‡ sin cambios, desde entonces, salvo separado de las grandes corrientes, en las peque–as ciudades olvidadas de provincias o las periferias del mundo occidental.                                                                                                                                                  

El desequilibrio, desde que se manifiesta, abre un tiempo de  evoluciones asincr—nicas, aunque de tanto en tanto, las costumbres y las formas vehiculicen  m‡s ampliamente el peso del pasado.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           Por un lado, si los grupos no se adaptan r‡pido,   ante las circunstancias que se le presentan en su entorno, es porque tienen ,muy marcados sus l’mites y delimitadas sus relaciones por v’nculos con otra configuraci—n exterior ,sostiene Lepetit.     

 

 

      3. ESPACIO, CULTURA Y CAMBIO SOCIAL       

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               .  Por otra parte, cuando un grupo vive en un lugar largo tiempo, la forma de ese lugar es susceptible de cambiar m‡s r‡pido  que el coraz—n de los hombres.ÓRenovad las casas; arreglad las calles; transformad las plazasÓ, las piedras y los materiales no os resistir‡n. Pero los grupos resistir‡nÉ.ÓLas formas a su alrededor registran formas espaciales pasadas. Registran antiguas relaciones sociales,Éh‡bitos enraizados en territorios m‡s antiguos todav’a. Hallbwach establece una analog’a entre el territorio del grupo y su memoria. Y establece tres puntos al respecto: 1. Las formas organizadas del espacio no son solamente un marco o soporte del recuerdo  ni siquiera el medio de su cristalizaci—n; 2. el grupo tiene con su espacio el mismo tipo de relaci—n que con su pasado  .En s’ntesis, el tiempo que pasa en su simple devenir  no es directamente creador de diferenciaci—n. El territorio est‡ hecho de reemplazos  y su historia se hace en el presente.

En ese aspecto, justamente remarca Lepetit Òla naturaleza social del tiempo de la historiaÓ[9]. Para nuestro objeto, prestemos atenci—n a estas palabras: ÒLos an‡lisis construidos en forma de frisos cronol—gicos  que todos los alumnos de las clases de los colegios conocen,  son inadecuados para su representaci—nÓ. Establecen una doble ficci—n, se–ala el autor: la de una  evoluci—n de la humanidad  ( o de algunos de sus fragmentos) establecida de manera positiva, al tŽrmino de una exploraci—n sistem‡tica del pasado.; la de un desarrollo objetivado, sin  punto de vista, sobre el conjunto de esta evoluci—n (o  sobre sus fragmentos) Hacen creer que es posible  una postura ÒconstatativaÓ y desenganchada, enteramente ocupada en el establecimiento de las coordenadas temporales y a la descripci—n de los hechos verdaderos. Por el contrario, segœn Lepetit, Òel tiempo supone una mirada sobre el tiempoÓ.El tiempo hist—rico se realiza en el presente, podr’a decirse que tiene ah’ su centro de gravedad, si la met‡fora  no supusiera que el tiempo tiene extensi—n. Todo el cambio temporal reside en el presenteÉNosotros sabemos que todo el friso cronol—gico  est‡ organizado en funci—n de la punta de flecha que  marca la extremidad para nosotros.---Ayer como hoy, el presente de un individuo o de un grupo se define como una modalidad particular  de acci—n   entre  Òun espacio de experienciaÓ y un Òhorizonte de atenci—nÓ, entre un pasado y un futuro que ellos actualizan bajo las formas de la refiguraci—n y del proyecto. El pasado, de esta forma,   es un presente que se desplaza.   

Yendo a la evoluci—n de la historia argentina, y utilizando el marco te—rico que proporciona Lepetit,  consideraremos la posici—n de Leopoldo Zea[10]  al respecto.

Este autor encuentra  que la generaci—n del 80 , tom—  la filosof’a de Spencer como  base para el proyecto de una Argentina Moderna. Sus representantes Òiban a realizar la etapa civilizadora de la ArgentinaÉLa civilizaci—n fue concebida por los positivistas argentinos como el triunfo del esfuerzo personal  expresado en la  riqueza obtenida  por medio de la explotaci—n industrialÓ.

Esta generaci—n, destaca Zea,  Òparec’a destinada a ser la representante de la burgues’a argentina en cuyas manos la Òcivilizaci—nÓ iba a alcanzar su m‡ximo desarrollo. El sue–o de Sarmiento, el de la Argentina  como los Estados Unidos de la AmŽrica del Sur, parec’a realizarse. Pero esta generaci—n, al igual que sus equivalentes en toda la AmŽrica hispana, no sabr‡ o no podr‡ realizar tal sue–o. La gran burgues’a europea hace de la burgues’a  argentina, como de todas las burgues’as hispanoamericanas, un simple amanuense de sus negocios, afirma el mencionado autor.

Tanto  las empresas de ferrocarriles, como  los bancos y las industrias, tienen impronta extranjera. Se habla de argentinidad, sostiene Zea, pero Òno se la encuentra en ese mundo ÒcivilizadoÓ que poco o nada tiene que ver con ellaÓ.

Algunos hombres inteligentes de la Žpoca recurren al pasado para explicar el presente que viv’an, pero adolec’an de un defecto capital, segœn el autor: Òsu mentalidad formada en las œltimas filosof’as europea y sin contacto directo con la realidad argentinaÓ.

Esta irrealidad para comprender la realidad ha sido un se–alamiento permanente de diversos pensadores que atendieron la cuesti—n.

Los motivos para esta postura intelectual son mœltiples. Juan Agust’n Garc’a la atribu’a a la adhesi—n a  la filosof’a de Spencer  por parte de los hombres de la generaci—n del 80. .  Se potenci— de esa manera el progreso material, pero no hubo, segœn este autor, una postura espiritual concomitante y por eso  a Spencer le atribu’a los males de nuestra conformaci—n como naci—n moderna tanto en la instrucci—n pœblica como en la pol’tica.

ÀCu‡l era el ideal de la raza argentina que sustentaban estos hombres del 80?

JosŽ Ingenieros[11] lo explicita al sostener que la raza europea representar‡ a  la civilizaci—n y la  aut—ctona, a la barbarie. ÒLa lucha de los miembros de la generaci—n de Mayo  contra Rosas es vista como  la lucha de la raza euro- argentina contra la raza gaucha o hispano –argentina.. Dentro de la raza Òeuro-argentinaÓ quedan tambiŽn incluidos todos los pr—ceres de la independencia pol’tica de la Argentina: Moreno, Rivadavia y los unitarios. ƒstos se han enfrentado a los caudillos gauchos como Rosas y Quiroga, una vez que han vencido a Espa–aÓ. Y aunque en esa lucha ganaron los gauchos, Òlos que realizan el ideal de la nueva raza y triunfan, reconoce,  son Sarmiento y AlberdiÓ.

Transcribe Zea conceptos de Ingenieros que aœn hoy siguen presionando nuestro presente: ÒLa mejor parte del territorio pastoril fue ocupado por los agricultores; a los gauchos les sustituyen los colonos; a las carretas los ferrocarriles; a los comandantes de campo los maestros de escuela. Una nueva raza Ôeuro-argentinaÕ, culta, laboriosa y democr‡tica, creci— a expensas de la colonial raza ÔgauchaÕ, analfabeta, anarquista y feudalÓ. Y haciendo historia dec’a: ÒMoreno ped’a a Europa maestros para las escuelas, capitales para las industrias y brazos para la agricultura. Lo mismo pidi— Rivadavia. Lo mismo anhelaban los argentinos proscriptos; y cuando ellos gobernaron, desde el 52, todos atrajeron al pa’s maestros, capitales y brazosÓ. Cuando Alberdi habl— diciendo que Ògobernar es poblarÓ, sigue diciendo Ingenieros, agrega terminantemente Òpoblar con europeosÓ. Y cuando Sarmiento incitaba a los argentinos a Òser como los Estados UnidosÓ, expresaba que era un trozo de Europa reto–ando en el suelo de AmŽrica. Ninguno de ellos se equivocaba. Ameghino hab’a de repetir m‡s tarde Òque la raza blanca era la superior de todas las humanas, y que a ella le estaba reservado en el futuro el dominio del globo terrestreÓ. Y m‡s adelante remataba expresando ÒHay ya elementos inequ’vocos de juicio para apreciar este advenimiento de una raza blanca argentina y que pronto nos permitir‡ borrar el estigma de inferioridad con que han marcado siempre los europeos a los sudamericanosÓ. Ahora, agrega, en el ejŽrcito, Òen vez de ind’genas y gauchos mercenarios, son ciudadanos blancos los que custodian la dignidad de la naci—nÓ. Dentro de quince o cien a–os, las consecuencias ser‡n m‡s importantes y son f‡ciles de pronosticar. En el territorio argentino, emancipado hace un siglo por el pensamiento y la acci—n de mil a diez mil Òeuro-argentinosÓ, vivir‡ una raza Òcompuesta por quince o cien millones de blancos, que en sus horas de recreo leer‡n las cr—nicas de las extinguidas razas ind’genas, las historias de la mestizada gaucha que retard— la formaci—n de la raza blanca, y acaso los poemas gauchescos de Mart’n Fierro y Santos Vega, o las novelas de Juan Moreno [...]Ó (Ingenieros 1915)Ó.

Este discurso expl’cito de Ingenieros sobre el proyecto de la raza blanca en Argentina se manifest— con la ciudad de Buenos Aires como directora del proceso, como capital del pa’s.

Zea sostiene que nace una nueva lucha: la  de clases dentro  de la Capital. ÒLa inmigraci—n, que ha ahogado al gaucho y al indio, no puede evitar, sin embargo, el surgimiento del proletariado, y el movimiento rural se viene sobre la ciudad, y ese pueblo de ra’z nativa y mestizada, entra en escena de nuevo, pese a los optimistas vaticinios de nuestra nueva raza Òeuro-argentinaÓ.

Tensiones sordas que Zea desnuda entre  la ciudad y el campo, la capital y la provincia, la civilizaci—n y la barbarie,  que concluyen cuando  Buenos Aires se convierte en el centro director de la vida argentina. Sus industrias crecen y se acumulan especialmente en la capital. Dentro de ella se va a originar una nueva lucha: la de clases. La inmigraci—n que ha ahogado al gaucho y al indio, que ha dado fin al problema rural desde el punto de vista como se plantea en HispanoamŽrica, forma a una nueva clase, el proletariado, que sirve a esas industrias. Se quiso formar una burgues’a semejante a la gran burgues’a europea. Pero, al formarla, se form— tambiŽn la clase que Žsta ten’a en sus entra–as, su ant’tesis, el proletariado. El movimiento rural, traicionado por la ambici—n de Rosas y otros caudillos y vencido por la burgues’a argentina, de que eran expresi—n Sarmiento, Alberdi y su generaci—n, se vierte sobre la ciudad, se proletariza. Juan B. Justo (1865-1928), fundador del Partido Socialista Argentino, dir‡: ÒEl pueblo argentino no tiene glorias; la independencia fue una gloria burguesa; el pueblo no tuvo m‡s parte en ella que la de servir los designios de la clase privilegiada que dirig’a el movimientoÓ (Cit. por Cœneo 1943). El movimiento rural, el de la montonera, es aplastado a sangre y fuego y sobre sus cenizas se impone la inmigraci—n que lo cubre totalmente. Pero la lucha, la de siempre, la de los oprimidos contra los opresores, se desplaza a otro campo, al de la ciudad. Ahora lucha el industrial contra el obrero.

Los inmigrantes, hombres llegados de una Europa que no satisface ya sus necesidades, traen a la Argentina. sus expectativas.  TambiŽn aqu’ se encuentran con una clase que revive muchos de sus viejos problemas y, si es posible, recrudecido, que  usufructœa la riqueza, que posee los medios de producci—n, que paga el trabajo al precio que fija el acuerdo con sus intereses, que obtiene grandes plusval’as. Inmediatamente tiende a organizarse, a formar agrupaciones que le protejan. El Partido Socialista Argentino es una de estas organizaciones en su defensa.

Otros hombres destacados de fines del siglo XIX , como Juan B. Justo, prestan particular atenci—n a  la lucha  de clases de la burgues’a contra el trabajador del campo.

. ÒEl gaucho —dice Justo— vio su existencia amenazada, e incapaz de adaptarse a las condiciones de la Žpoca, se rebel—. As’ nacieron las guerras civiles del a–o veinte y subsiguientes, que fueron una verdadera lucha de clases. Las montoneras eran el pueblo de la campa–a levantado contra los se–ores de las ciudades. Hombres, mujeres y ni–os, la poblaci—n campesina en masa, resist’an a su dominaci—nÓ. La lucha de estas masas era la misma lucha que en Europa hab’an venido sosteniendo los trabajadores en contra de la burgues’a explotadora. ÒLos gauchos defend’an el terreno a su modo, por la libertadÓ. Pero fueron vencidos. La burgues’a argentina los hab’a ido venciendo en varias batallas. ÒSu resistencia, sin embargo, fracas—. ÀPor quŽ fracas—? Porque eran de una incapacidad econ—mica completa; su insurrecci—n, puramente instintiva, no tend’a m‡s que a dejar las cosas como estaban, a un imposible status quo, que les permitiera seguir viviendo como hab’an vivido hasta entonces. Su triunfo hubiera significado el estancamiento econ—mico del pa’s, su aislamiento del resto del mundo, revolucionado ya entonces por el vapor y la electricidad. Si los gauchos —concluye— hubieran vencido a la burgues’a argentina, este pa’s hubiera sido por algœn tiempo un gran Paraguay, para ser conquistado despuŽs por alguna burgues’a extranjera m‡s poderosa, a la que hubiera sido imposible resistir. La rebeli—n de las campa–as fracas— porque las masas de los gauchos carec’an de toda aptitud pol’ticaÓ (Cit. por Cœneo 1943). Sus mismos hombres se encargan de traicionarla poniŽndola al servicio de sus ambiciones. Rosas, en nombre de esta clase, se convierte en supremo dictador de la misma hasta que es vencido por la burgues’a argentinaÓ (citado en Zea, op. cit.).       

                                         

4. LA ILUSION Y LA REALIDAD DEL MESTIZAJE  CON PUEBLOS ORIGINARIOS

 

El abordaje de las etnias individualmente consideradas, parece otorgar un matiz tranquilizador a nuestra sociedad argentina actual.  Hablar de Òpobladores originariosÓ, y de su desaparici—n paulatina ,  as’ como del resabio de aquellas antiguas comunidades en sectores lejanos de nuestro territorio, pareciera proveer a Òlos civilizadosÓ de la tranquilidad de una superaci—n m‡s o menos completa de aquel pasado arcaico.  Jorge Mar’a Gallardo alerta sobre tal cosa. Al respecto expresa ÒLa conciencia colectivaÉ prosigue alentando –fuera de los cultos oficiales – la formulaci—n de gestos rituales cuyas ra’ces ha olvidado, pero cuya repetici—n se le aparece al hombre confusamente  como indispensable.  La piedra basal colocada en los cimientos,  el bautizo con champagne extendido al uso naval, las salvas de ca–onazos en homenaje de vivos y difuntos en nœmero y ocasi—n  de tradicional validez m‡gica,  son, entre muchos m‡s, atisbos de una necesidad pertinaz que, en el hombre de todo nivel cultural apunta  m‡s all‡ del ritual oficializado  y subsiste a la vera de ŽsteÓ. Enfatiza luego que ÒEn nuestra especie, la mentalidad arcaica  pervive como en sordina, mal disfrazada con cuello y corbata. Parecemos vinculados a ella con lazos de pertenencia esencialÓ[12].

Juan Cuatrocasas, por su parte, afirma que para comprender dicha cultura arcaica  hay que atender al car‡cter prel—gico del pensar (Levy-Bruhl) o al—gico, como lo designa Pareta. Para Cuatrocasas Òel hombre prehist—rico es todav’a nuestro compa–ero inseparable, nuestro huŽsped cultural, que vive en nuestro cr‡neoÓ[13].

La otra ilusi—n es que hubo poca presencia africana en nuestro territorio, por las caracter’sticas de zona marginal  durante la mayor parte del per’odo colonial. Como lo se–‡la  Haring[14] la colonizaci—n en AmŽrica se dio de distintas formas  y el territorio argentino  permaneci— Òantes del siglo XVIII, empobrecido  y relativamente atrasado, con una poblaci—n escasaÓ. Agrega luego que hacia la œltima parte del siglo XVII, ÒBuenos Aires, adem‡s, era una mezquina ciudad  de 4.000 habitantes, en su mayor’a mestizos,  indios y negros (aunque ten’a cuatro monasterios) de formas de vida primitiva, rœstica,  con poco y ningœn dinero en circulaci—n, y desprovista a veces hasta de los servicios de un mŽdico o un boticarioÉ la creaci—n del R’o de la Plata en 1776 Ése–al— el comienzo de la importancia de la Argentina moderna como centro de progreso material e intelectualÓ. 

Falta completar,  que hubo presencia africana en el territorio argentino, aunque menor que en otras partes del continente,  y su ÒaparenteÓ desaparici—n representa la posibilidad de dejar de lado ese componente Žtnico que aœn subsiste, con mayor intensidad en algunas zonas que en otras.

Otro aspecto que incide sobre la presencia de los pueblos originarios en el pa’s, es la recurrente migraci—n proveniente de los pa’ses lim’trofes,  especialmente de Perœ, Bolivia y Paraguay, que contribuye a remozar la presencia m‡s o menos mestizada de los pueblos originarios en el pa’s .

El tŽrmino ÒmestizajeÓ requiere una resignificaci—n en nuestro tiempo  y en nuestra realidad. Mario Roberto Morales[15] aborda lo que considera "Las ideolog’as movedizas del mestizaje" y dice al respecto: ÒEl justo desgaste ideol—gico del tŽrmino mestizaje es constantemente se–alado por quienes buscan una metodolog’a para dar cuenta de las relaciones que hacen posible las negociaciones identitarias que caracterizan la transterritorializaci—n ideol—gica, cultural y Žtnica de AmŽrica Latina. Sin embargo, la cr’tica a la noci—n de mestizaje no rebasa la de sus acepciones decimononas y sus usos demag—gicos en el siglo XX, que tienen que ver con la propuesta de una soluci—n feliz de las diferencias Žtnicas y culturales mediante su desproblematizada fusi—n en un tercer producto m‡s o menos homogŽneo: el mestizo y su mestizaje culturalÓ. Pero se apresura a aclarar que ÒLo que ha ocurrido en la pr‡ctica ha sido distinto: los individuos se han mestizado de otra manera muy diferente a la propuesta por la ideolog’a demag—gica del mestizaje. Ellos han usado y negociado los c—digos culturales a la disposici—n segœn la situaci—n que les ha tocado enfrentar, sin que eso haya significado la fusi—n de los c—digos en un mestizaje feliz. El mestizaje ha sido conflictivo y no ha implicado fusi—n sino, a menudo, simplemente manipulaci—n y uso de c—digos que se entremezclan sin diluirse uno en el otro. Ha sido un mestizaje de juntura y no de integraci—n, pero ha sido mestizajeÓ.

Moreno PŽrez[16], plantea  la imposibilidad de una cierta cultura global, pues se tratar’a, en caso de existir, de  Òuna cultura sin memoria, incapaz de producir, sostener o crear lazos entre las personasÓ. Le da particular importancia a la recepci—n de esos fen—menos de globalizaci—n por parte de las culturas respectivas, en la medida que  es necesario atender Òa  los sistemas simb—licos y a las ideolog’as, a las escalas de valores y a sus mezclas actualesÓ.

 

 

 

A. Mattelart[17], expresa que un campo de reflexi—n se abre sobre la construcci—n de la identidad nacional y la influencia de las culturas nacionales-populares. En AmŽrica Latina, este debate tiene una importancia considerable. Diferentes autores latinoamericanos  hablan de creolizaci—n, mestizaje, hibridaci—n, etc. Todos tŽrminos que expresan la alquimia de intercambios culturales que nos caracterizan.

Al respecto, Barbero[18]  avanza en tal sentido al expresar  que en LatinoamŽrica se Ònos  hizo visible el profundo desencuentro entre mŽtodo y situaci—nÓ.  Ya el esquema no sirve para expresar  el modo en que la gentes producen el sentido de sus vidas, del modo en que se comunican y usan los medios de comunicaci—n. Se han ido Òdestruyendo viejas seguridades y abriendo nuevas brechas, nos enfrentaron a la verdad cultural de estos pa’ses: al mestizaje que no es s—lo aquel hecho racial del que venimos, sino la trama hoy de modernidad y discontinuidades culturales, de formaciones sociales y estructuras del sentimiento, de memorias e imaginarios que revuelven lo ind’gena con lo rural, lo rural con lo urbano, el folklore con lo popular y lo popular con lo masivoÓ.

Al enfocar este impacto de la occidentalizaci—n  sobre las culturas locales, centralmente en MŽxico, Gruzinski brinda aportes cr’ticos sobre sus consecuencias: ÒLa occidentalizaci—n nada tiene de un proceso acartonado.  Reajusta de manera continua sus objetivos  al ritmo de Europa occidental y no de las evoluciones locales. De ah’ ese desfasamiento, esas brechas perpetuas que explican el que indios reciŽn ganados  para un cristianismo barroco  de pronto sean conminados a abrazar la Òcivilizaci—nÓ  de las Luces, antes que el liberalismo o el jacobinismo le propusieran otros modelos, antes que la sociedad de consumo made in USA les mostrara sus escaparates  sin que, desde luego, jam‡s se les dieran los medios para alcanzar para’sos esgrimidos  uno tras otro ante  sus ojosÓ[19].

Alude este autor a Òlas redes rotasÓ, y la reparaci—n que intentaron y llevaron a la pr‡ctica los pueblos originarios,  mediante s’ntesis de gran variabilidad segœn  las regiones, los grupos sociales o las Žpocas donde se desarrollaron.

Los pueblos originarios, Òmediante experiencias individuales y colectivasÉmezclaron la  interpretaci—n con la improvisaci—n y la copia fascinadaÓ y respondieron a los modelos impuestos, pero   siempre lo hicieron inventando adaptaciones, ÓcombinacionesÓ que tomaron las formas m‡s diversasÓ.

Se presenta  as’ el problema de la intermediaci—n para la intercomunicaci—n en nuestras sociedades interŽtnicas. Al referirse a la cultura mexicana, y m‡s espec’ficamente al arte,  Garc’a Canclini[20] destaca que Rivera, Siqueiros, Orozco,   han logrado s’ntesis iconogr‡ficas de identidad puramente nacional, inspirados en las obras mayas y aztecas, de sus dise–os y colores mezclados con la vanguardia europea. La mezcla de estos elementos no es un anacronismo, sino la respuesta a una modernidad mexicana. La utilizaci—n de lo tradicional es, hoy, un imperativoÓ.

Se trata de Òun estado de equilibrio inestable, de mutaci—n ininterrumpidaÓ que debe plantearse cuestiones  que se hunden en lo profundo de los imaginarios individuales y colectivos: Òla evoluci—n de la representaci—n  de la persona y de las relaciones entre los seres, la transformaci—n  de los c—digos figurativos y gr‡ficos, de los medios de expresi—n y de transmisi—n  del saber, la mutaci—n de la temporalidad y de la creencia, en fin, la redefinici—n de lo imaginario  y de lo real en que los indios fueron destinados a expresarse y a subsistir , forzados o fascinados. Encuentra Gruzinski como elementos de fascinaci—n de Occidente,  el libro, lo escrito, la imagen, los santos, y las ciudades. Pero junto a ese elemento de irresistible influencia se produce la contraposici—n de la brutalidad colonial, la muerte demogr‡fica, Òinstaurando malquistamientos, rupturas con frecuencia irremediablesÓ[21] .                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

En Guatemala, el debate con respecto a la interetnicidad est‡ centrado directamente sobre el papel decisivo que el ladino ha tenido en la sociedad y para la construcci—n a futuro.  Taracena Arriola[22] se aboca a definir con claridad las diferencias entre el mestizaje y la ladinizaci—n en Guatemala. En principio, reconoce las transformaciones que la palabra ÒmestizajeÓ ha tenido a travŽs del tiempo. En la Žpoca actual significa Òno ind’genaÓ y por lo tanto  ladino Òuna nueva capa ideol—gica de la miscigenaci—nÓ.  Citando a Severo Mart’nez recuerda que Žste hab’a alertado, con respecto a Guatemala Òsobre la permanencia de la realidad colonial hasta nuestros d’asÓ.  Agrega Mart’nez que el ladino representaba en la Žpoca colonial una anomal’a, porque no pertenec’a ni a la repœblica de espa–oles ni a la de indios. El mestizaje era entonces un problema que se agravaba por tres factores para Žl: crecimiento incesante de los ladinos; el lent’simo desarrollo econ—mico de la sociedad colonial  y el establecimiento de una pol’tica  caracterizada por el bloqueo socioecon—mico  para el nuevo grupo social de los ladinos por parte de los grupos hegem—nicos.  Por ello Òeran motivo de rechazo y de clara estereotipaci—n socialÓ. Otro aspecto a considerar es que Òpoco a poco se fueron borrando los matices  Žtnicos dentro del gran conjunto de ladinosÓ y comenzaron a ser evidentes  las diferencias de orden econ—mico y social. 

El siglo XVIII ha dejado noticias de la gran cantidad de mestizos y mulatos en AmŽrica del Sur. FŽlix de Azara [23] se–ala los activos procesos de mestizaje en el Paraguay y el R’o de la Plata:: ÒEsta poblado aquel pa’s de tres castas de hombres muy diferentes, que son indios, europeos o blancos, y africanos o negros. Las tres se mezclan francamente resultando los individuos de que voy a hablar llamados con el nombre general de Pardos, aunque bajo el mismo incluyen a los negrosÓ.

De toda esa primera parte, se ha tomado un fragmento del ÒEscrito  de la Diputaci—n  Provincial de Nicaragua y Costa Rica al Ministerio de de Gobernaci—n de Ultramar [24]sobre la dificultad de aplicar un sistema de votaci—n constitucional  en un medio dividido en 22 castas. Dice as’: ÒEl blanco con el indio da el mestizo, y si Žste produce con blanco resulta el castizo que,  unido al blanco su prole pasa por blanca  siendo salto atr‡s la mezcla del mestizo o del castizo con cualesquiera  otra raza. La blanca  con el negro da el mulato, y el negro con el indio, zambo.  Estas dos son las razas calificadas y comœnmente  conocidas  en el pa’sÉ. Las mezclas subsiguientes de las personas mixtas  son inacabables e innominadas, pero generalmente a todas las personas que no son indios puros, se les llama gente de raz—n o ladinos, y a los blancos, espa–olesÓ.

De todas formas     ÒEn el virreinato del R’o de la Plata, la poblaci—n negra llegar’a a superar el 20 por ciento de la poblaci—n total, difundiŽndose desde los puertos de Montevideo y Buenos Aires, y en mezclas con blancos e indios. En regiones templadas, el componente africano de la poblaci—n se ir’a reduciendo r‡pidamente, de lo que han quedado evidencias abundantes Como consecuencia de la convergencia de estos procesos, en toda la porci—n meridional de AmŽrica que ser’a posteriormente denominada con la expresi—n de latina, surgir’a una poblaci—n morena. El desenvolvimiento de esta poblaci—n h’brida nueva se cumplir’a en un clima de violencia y colapso de las culturas nativas y tradicionales, bajo la presi—n despiadada de la cultura importada hegem—nica. Se constituir’an as’ en cada lugar pir‡mides demogr‡ficas bien definidas, con una cœspide, incipiente burgues’a aœn semifeudal, ocupada por la minor’a de blancos dominadores y de mestizos blanqueados, de formaci—n cultural que puede definirse como europea u occidentalizada, mientras la base estaba ocupada por la numerosa poblaci—n de indios, negros y sus cruzas entre s’, con infusi—n de sangre blanca, mantenida en diversas formas de servidumbre y cuya idiosincrasia mantendr’a pr—ximas las influencias culturales tradicionales. Esta evoluci—n sociol—gica se repetir‡ en toda la regi—n.
      En las Provincias Unidas del R’o de la Plata, por ejemplo, se calcular’a hasta en 1826 que, de un total de unos 600.000 habitantes, s—lo unos 13.000 pod’an censarse como blancos o casi blancos, europeos y criollos, en tanto que los 587.000 restantes eran morenos (Ingenieros, I-8; Bunge, B-64). En otras regiones de AmŽrica, en las cuales el porcentaje de poblaci—n europea fue siempre menor, el espectro de la distribuci—n racial ser’a aœn m‡s pronunciadamente mestizo.
      Este mestizaje biol—gico y cultural es se–alado frecuentemente en la AmŽrica Latina como el camino m‡s prometedor hacia una eventual raza nueva saludada por algunos autores como un potencial venero de energ’as humanas que s—lo necesitar’an del tiempo para manifestarse  Se registran observaciones esperanzadas sobre el mancebo de la tierra
y su futuro desde la vecindad de 1600, en el Paraguay, como en otros puntos de AmŽrica, donde Para’sos de Mahoma ven’an creando, desde la primera generaci—n, una masa creciente de mestizos.
      A pesar de la temprana aparici—n de personalidades destacadas entre los mestizos, como Guam‡n Poma de Ayala, el Inca Garcilaso, y otros, hasta llegar a Francisco de Miranda, RubŽn Dar’o, Cesar Vallejo, Ricardo Palma, JosŽ Santos Chocano, JosŽ Mar’a y Nicol‡s Arguedas, Nicol‡s GuillŽn, Miguel çngel Asturias, y pl‡sticos destacados como los mexicanos Diego Rivera y Clemente Orozco, el ecuatoriano Oswaldo Guayasam’n, y muchos otros, menudearon en la poblaci—n europea de AmŽrica las expresiones de rechazo a la idiosincrasia o mentalidad de la poblaci—n h’brida, que pasaba a constituir r‡pidamente los estamentos inferiores de la sociedad de castas surgida dondequiera convivieran minor’as cauc‡sicas dominantes con grupos morenos mayoritarios pero irremisiblemente dominados. Aœn admitiendo algunos mŽritos de los mestizos, garridos mozos, diestros arcabuceros y jinetes, pronto tenidos por los mejores baquianos y lenguas para proseguir la ocupaci—n de la inmensidad de las tierras aœn irredentas, los peninsulares y sus hijos criollos adheridos a la cultura europea piensan y sienten distinto, y se nuclean de hecho en bandos rivales. Vaya como ejemplo lo dicho por C‡rdenas, denodado defensor de los indios, pero no de los mestizos:

"No puedo ni quiero negar que de ellos habr‡ habido algunos y podr’a ser que hoy los haya, dignos de mejor nacimiento y eminentes en letras, virtud o valor militar, lo cierto es que por la mayor parte no son provecho alguno para el reino, ni para el servicio de VM. y menos para el de Dios, por que el Virrey Don Francisco de Toledo mand— que fuesen reservados y libres de servicio personal y tambiŽn de pagar tasa o tributo; as’ no sirven de otra cosa, sino de hacer innumerables pecados y delitos..."
(a Rangel, R- C‡rdenas, C-17)Ó.

      Las diferencias culturales que estamos rese–ando y los resentimientos provocados por sus choques continuar‡n crecientes y har‡n eclosi—n en el gran cisma de la independencia. Los blancos criollos pasar’an gradualmente a compartir parte de las actitudes mentales de los morenos, agravadas en la sociedad estamental porque, tambiŽn dentro de la peque–a cœspide dominante de la pir‡mide demogr‡fica, los espa–oles metropolitanos se reservaban una posici—n privilegiada, relegando a los espa–oles criollos a una categor’a algo inferior, con atribuciones acotadas.

ÒEn buena parte de la AmŽrica IbŽrica la poblaci—n aborigen ser’a tan numerosa que, aun sometida a servidumbres diversas y diezmada por las epidemias, continuar’a en las generaciones siguientes como base ampliamente mayoritaria de la poblaci—n, a la vez que se hac’a crecientemente mestiza por la actividad reproductiva desenfrenada de los espa–oles y portugueses sobre las sumisas mujeres abor’genes, como lo destacan autores diversos, como  Herren y Rosenblat, y  muestran c—mo el predominio  inicial absoluto de indios puros ir’a siendo r‡pidamente reemplazado por un mosaico de h’bridos diversosÓ[25].

El mestizaje interŽtnico presenta sus particularidades, aunque, en nuestro pa’s, el no reconocimiento expl’cito de dicha realidad trae consigo la acentuaci—n de  la crisis de identidad que padecemos. No somos los œnicos  en sufrirla, pues tambiŽn Carlos Barros  destaca , aunque por distintos motivos, que ÒEspa–a se ha formado como naci—n de naciones: el pasado nos deber’a ayudar a construir el presente y el futuroÓ[26]. Y reconoce tambiŽn que su pa’s est‡ pasando por una crisis de identidad, aunque por supuesto, debido a circunstancias propias

.

5. CRISIS Y PAULATINO RECONOCIMIENTO DE NUESTRA INTERETNICIDAD RETACEADA

 

El 16 de enero de 2005 un art’culo del diario Clar’n confirm—, a travŽs de un equipo de investigaci—n, el mestizaje que conforma a gran parte de la poblaci—n argentina.

Silvina Heguy, la periodista, difundi—  en tal sentido que ÒSin saberlo y tallado en el ADN, los argentinos portan un mensaje de sus antepasados. Y en el 56% de los casos el que lo leg— dej— escrito simplemente un solo dato: su origen amerindio. De la poblaci—n actual, el 44% desciende sobre todo de ancestros europeos, pero el resto —la mayor’a— tiene un linaje parcial o totalmente ind’gena. As’ lo determin— un estudio realizado por el Servicio de Huellas Digitales GenŽticas de la Universidad de Buenos Aires, a partir del an‡lisis de casos en 11 provincias. "Lo que queda al descubierto es que no somos tan europeos como creemos ser", dice Daniel Corach, director del Servicio, profesor en la c‡tedra de GenŽtica y Biolog’a Molecular de la Facultad de Farmacia y Bioqu’mica de la UBA e investigador del Conicet. En una segunda etapa —junto a Andrea Sala, investigadora del Conicet, y Miguel Marino, becario de esa instituci—n— analizaron comunidades abor’genes puras.
A partir de 1992, y tomando muestras de ADN al azar de un total de 12 mil personas, los cient’ficos pudieron ir tirando del hilo de la madeja de los genes para reconstruir la historia de la poblaci—n que vive en nuestro pa’s. Quer’an saber cu‡nto hab’a aportado la poblaci—n originaria en la formaci—n de la actual Argentina. Ahora, con el estudio terminado, parece que fue mucho.
El an‡lisis implic— leer los c—digos inscriptos en el ADN mitocondrial, que aportan todas las madres, y en el Cromosoma Y, que s—lo tienen los hombres y que les legan los padres. Y, que al no combinarse durante la uni—n para crear un nuevo ser, permanecen inalterables en las distintas generaciones.
Los investigadores argentinos, a cargo del estudio, sab’an d—nde buscar en ese rompecabezas de c—digos genŽticos. El mŽtodo aplicado no es nuevo. Se usa desde mediados de los a–os 90 y se reduce a una cŽlula. En realidad a su nœcleo y a las mitocondrias, dos sitios donde se encuentran molŽculas de ADN. Porque, finalmente, todo se centra en esa sigla que designa a una molŽcula compuesta por dos cadenas de unidades qu’micas (Adenina, Timina, Guanina y Citocina). De d—nde ellas se ubiquen depende el mensaje. Habr’a que pensarlo como un abecedario de cuatro letras que forman palabras. El mensaje da cuenta del organismo.
En esa larga hilera de combinaciones que forman al Cromosoma Y, hay un marcador conocido con siglas y nœmeros: DYS199. En ese lugar, en el caso de los amerindios, aparece una caracter’stica t’pica —y cient’ficamente comprobada— que portan todos los miembros de esa comunidad y que se verific— en gran parte de los hombres argentinos. Pero esa caracter’stica genŽtica, explican los cient’ficos, no necesariamente se manifiesta con algœn rasgo f’sico visible. "De ah’ que se haya podido sostener tanto tiempo la creencia de que la mayor’a de la poblaci—n argentina es de origen europeo", dice  el Dr. Corach.
DespuŽs el equipo busc— en un ‡rea determinada de las mitocondrias, tambiŽn en una regi—n que se mantiene inalterable y que se identifica como HVR I. El resultado fue el esperado: la mayor’a de la muestra ten’a ascendente materno no amerindio. Es decir, hab’a mayoritariamente madres europeas (53,3%).
La combinaci—n de ambos datos dio que hubo cruzamiento y que en el 56% de los casos hab’a un legado ind’gena en algœn lugar del ADN. De este segmento de la poblaci—n, s—lo el 10% era amerindio puro, sin ningœn componente europeo.
La sorpresa para Corach se explica as’: "Se cree que las dos grandes matanzas de poblaci—n aborigen terminaron con 30.000 personas. Se supone que hab’a m‡s poblaci—n. Seguramente lo que sucedi— es que ellos tuvieron descendencia que est‡ presente todav’a. Creo que se sobreestima el componente europeo".
El cient’fico sostiene que "la muestra del estudio es representativa porque incluye a la poblaci—n urbana pero no s—lo de la Capital Federal", explica. "Si analizamos a la poblaci—n de Barrio Norte nos dar‡ un alto porcentaje de origen europeo".
El mŽtodo parti— de un avance cient’fico: desde hace unos a–os se sabe que parte de la historia queda registrada en el material genŽtico que acarrean los humanos. Y tal novedad permite reconstruir el famoso "de d—nde venimos" de la humanidad.
En un comienzo s—lo pudo hacerse con el material aportado por las mujeres, que est‡ en las mitocondrias. De ah’ la polŽmica revelaci—n de que las madres de todos los hombres era la "Eva mitocondrial", una mujer africana. A mitad de los a–os noventa, se pudo analizar el componente masculino, inscripto en el Cromosoma Y.
Ahora, Corach y  su equipo  quieren averiguar c—mo se movi— esta poblaci—n. Mientras tanto el mito fundacional est‡ cuestionado. ÀHabr‡ que borrar esa parte de las gu’as de viaje y enciclopedias que dicen que m‡s del 85% de la poblaci—n argentina es de origen europeo?Ó[27].

El problema de discriminaci—n interŽtnica  no se da solamente con los pueblos originarios, sino tambiŽn con los africanos que fueron tra’dos como esclavos, en  nœmeros marcadamente mayores que los que se reconocen. Durante el virreinato. llegar’an a superar el 20 por ciento de la poblaci—n total difundiŽndose desde los puertos de Montevideo y Buenos Aires, y en mezclas con blancos e indios. Como consecuencia de la convergencia de estos procesos, en toda la porci—n meridional de AmŽrica que ser’a posteriormente denominada con la expresi—n de latina, surgir’a una poblaci—n morena. Se constituir’an as’ en cada lugar pir‡mides demogr‡ficas bien definidas, con una cœspide incipiente burguesa aœn semifeudal, ocupada por la minor’a de blancos dominadores y de mestizos blanqueados, de formaci—n cultural que puede definirse como europea u occidentalizada, mientras la base estaba ocupada por la numerosa poblaci—n de indios, negros y su cruzas entre s’, con infusi—n de sangre blanca, mantenida en diversas formas de servidumbre y cuya idiosincrasia mantendr’a pr—ximas las influencias culturales tradicionales. Esta evoluci—n sociol—gica se repetir‡ en toda la regi—n.
Los  estudios genŽticos realizados por el Dr. Corach[28] y su equipo, con poblaci—n argentina de distintas provincias, ha  mostrado la realidad de nuestro mestizaje y que los porcentajes de esos cruzamientos es muy elevado: 56% de la poblaci—n argentina presenta marca de antepasado ind’gena en su mitocondria, de los cuales 10% corresponden a etnias ind’genas puras y el 46 por ciento restante a  Òproductos interŽtnicosÓ como los denomina Carvhalo. Pero como esa caracter’stica f’sica  de  antepasado ind’gena no es visible ello llev— a Òsostener tanto tiempo la creencia de que la mayor’a de la poblaci—n argentina es de origen europeo", En este paulatino reconocimiento de quiŽnes somos, se hace imprescindible tener en cuenta no s—lo la acci—n instrumental para resolver este problema, sino tambiŽn el sentido de dicha acci—n.

Ese esclarecimiento conceptual de nuestras ra’ces y la aceptaci—n de la herencia Žtnicocultural sin beneficio de inventario cabe, sin dudas, al intelectual y al pensador. Biaggini[29], se–ala la necesidadÓde volver a dar al intelectual la funci—n que se abrog—, como sector o claseÉÓ. Y en tal sentido, la Universidad   deber’a retomar esos cuatro objetivos o finalidades que Éson las viejas banderas de la ReformaÓ. Dichos objetivos son, segœn este autor,  el de reproducir el conocimiento (docencia); creaci—n de conocimientos nuevos (investigaci—n); la extensi—n universitaria (abierta a  toda la gente) y la cr’tica al poder (la idea de autonom’a, de autogesti—n). Estos cuatro objetivos se  vinculan centralmente con la autonom’a y la dignidad de todas las vertientes Žtnicoculturales que nos conforman, con acciones positivas en pro de la inclusi—n social de los individuos, de las familias y de la comunidad en su conjunto.  

 

Conclusiones

 

-       En materia de identidad nacional, el discurso expl’cito en nuestro pa’s divulga la idea que ÒLos argentinos descendemos de los barcosÓ, lo cual es una verdad relativa, y ni siquiera es una media verdad. Ese discurso se enlaza con  el pre‡mbulo de nuestra Carta Magna que nos muestra abiertos Òa todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentinoÓ. Somos, de esta manera Òun crisol de razasÓ,  ese Ògranero del mundoÓÓ, esa Òtierra de promisi—nÓÓ donde todo el mundo encontr—, encuentra y encontrar‡  cobijo.

-       En lo relativo a los pueblos originarios, se destaca la desaparici—n en gran escala de los  ind’genas ÒpurosÓ salvo peque–os  nœcleos en determinadas zonas del pa’s,  y que no afectan la ÒnormalidadÓ poblacional mayoritariamente ÒblancaÓ que nos conforma.

-       Otro discurso del folclore social es que hubo pocos negros esclavos en el R’o de la Plata durante la Žpoca colonial, debido a la falta de condiciones ambientales para establecer plantaciones como en otros lugares de AmŽrica..  Los negros habr’an terminado por extinguirse en guerras o por pestes y no queda ya pr‡cticamente  representantes de aquellos tiempos en nuestra dotaci—n demogr‡fica actual.

-       El discurso impl’cito, en cambio, muestra que existen, bajo la superficie del disimulo, aspectos discriminatorios de los Òproductos interŽtnicosÓ que provienen del mestizaje  donde estŽn involucrados los ind’genas  y los negros .

-       Esta idiosincrasia particular que tenemos los argentinos  Òeste pa’s generoso, del coraz—n para afueraÓ, est‡ arraigada en alguna medida, en la persistencia de resabios del viejo sistema de castas impuesto por los espa–oles en la Colonia. Una pir‡mide de jerarqu’a social r’gida, donde la natural resistencia al cambio de las sociedades, es reforzada aqu’ por la marca de esa herencia.  Las convenciones sociales establecidas por entonces, aœn persisten y presionan sobre nosotros, como rŽmoras que obstaculizan  la mirada sin prejuicios sobre lo que somos.

-       El mestizaje fue sumamente activo en  nuestro territorio, dada su condici—n de zona marginal del Imperio hisp‡nico colonial, y por ello, sin estructuraciones bien establecidas como en los ricos virreinatos de MŽxico y Perœ.  Ya en la Žpoca independiente, se sucedieron en diversos momentos, presencias continuadas de pobladores de pa’ses lim’trofes, que interactuaron con  los mestizajes existentes en el pa’s.

-       El proyecto de crear una raza Òeuro – argentinaÓ que hiciera olvidar el pasado denigrante y vincularnos m‡s estrechamente con lo europeo, se concret— con inmigraciones masivas que transformaron el antiguo perfil criollo y desarticularon la sociedad tradicional. El valioso aporte de los europeos al esfuerzo nacional es innegable, pero el reconocimiento de nuestros mestizajes con pueblos originarios es parte constitutiva de esa actitud de brazos abiertos. ÒLa caridad bien entendida empieza por casaÓ.

-       Se trata de un tema identitario esencial para la conformaci—n interna de la sociedad argentina y para la vinculaci—n con el resto de AmŽrica.  Reconocernos, conocernos m‡s,  juntarnos y no excluirnos entre ÒnosotrosÓ y Òlos otrosÓ, podr’a establecerse como una  pol’tica de Estado. De esa forma. Argentina ir’a dejando de ser Òeste pa’sÓ, para ir convirtiŽndose en Ònuestro pa’sÓ.

 

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[1] Aguirre, I. M., Montaldo, M. I.(2006)  El sincretismo cultural en el nordeste argentino. La resignificaci—n del Cristo de la Humildad y la Paciencia en el culto a San La Muerte, Universidad Nacional de Formosa

[2] Juan, A. de (1996), XII. Las artes pl‡sticas en las Antillas, MŽxico y AmŽrica Central, en Msto, D., Montero, A. A,podio, E. (Coords.)  op.  cit . p. 304

 

[3] Lepetit, B., Le present de l¥histoire, en: Les formes de l¥expŽrience, Un¥ autre histoire sociales, sous la direction de  Bernard Lepetit, Albin Muchel, Par’s, 1995, pp. 273-274 (traducci—n de Irene Mercedes Aguirre)

[4] idem anterior, p. 276

[5] Boltanski, L. y ThŽvenot, L., De la justification. Les economies de la grandeur,Par’s, 199 1citado en: Lepetit, B. op. cit. p.280

[6] Lepetit, B., op. cit. p. 282

[7] Lepetit, B., op. cit. p. 290

[8] Holbwachs, M. (1950), La memoire collective, Par’s, cap. IV

[9] Lepetit, B. op. cit. p. 295

[10] Zea,, L. (1976)El pensamiento latinoamericano, Ariel, Barcelona, , Edici—n a cargo de Liliana JimŽnez Ram’rez, con la colaboraci—n de Martha Patricia Reveles Arenas u Carlos Alberto Mart’nez L—pez,dic. 2003, edici—n digital autorizada por el autor para Proyecto Ensayo Hisp‡nico preparada por JosŽ Luis G—mez-Mart’nez, Segunda Parte, VIII, www.ensayistas.org/filosofos/mexico/zea/pla/

[11]  citado en Zea, op. cit.

[12] Gallardo, J.E., El animismo popular, Centro de Estudios Latinoamericanos, Colecci—n Ensayos breves- n¼ 15 Buenos Aires, 1983, pp. 5-6